Posted by admin on March 17th, 2010
Cerca de mi casa, como a dos cuadras y media, hay un silencio que diariamente me saluda cuando voy por el café de la mañana. No es muy alto ni muy gordo. Tampoco viste llamativamente. Quieto y ondulante, a este silencio le gusta cumplir condena en la misma esquina siempre, donde se juntan las calles de Francisco Sosa y Progreso. Cosa curiosa, en ese punto inicia la más bella plaza de Coyoacán, plena de ruido. Niños, perros, turistas que pasan en grupos compactos y animados, listos para visitar el Antiguo Mesón Santa Catarina, la fonda Las Lupitas o el centro cultural Reyes Heroles. Los sábados, incluso, hay reunión de narradores que entretienen a los paseantes con gritos, con historias de musas y soles nacientes. Los domingos, desbordados como en cualquier sitio con iglesia, el aire se llena de sermones y pecados. Pese a todo, empero, el silencio del que les hablo se mantiene impávido, como ausente, calando un cigarrillo que parece interminable. Rumor de hojarasca, apenas se hace sentir en mi presencia para obligarme a cruzar mirada. Entonces, inevitablemente, inclinamos la cabeza a un tiempo y nos recordamos la cita pendiente del futuro. Y así seguimos, yo caminando muy callado, y él fumando, fumando, fumando.
Por Alonso Arreola
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